sábado, 8 de junio de 2019

Don Quijote y el feminismo



«Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos...»

Marcela la pastora dirigiéndose a la multitud que la calumnió, Capítulo XIV del Quijote


El Manco de Lepanto o Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes siguió al pie de la letra las recomendaciones dadas por Oscar Wilde trescientos años después: para decirles la verdad a los hombres, hay que hacerlos reír, de lo contrario, te matarán. Y no está de más agregar que Borges destaca, por sobre todas las virtudes de Wilde, la de tener razón, la de dar siempre en el clavo.




Cervantes, sin fortuna y menesteroso, hombre de acción más que de letras, en los años que anduvo lejos de su tierra vivió rodeado de hombres en el imperio de los hombres: el de la guerra, los engaños, las venganzas, el largo y arbitrario encierro.

Regresó envejecido y tullido a su hogar; un hogar que siempre fue, a la fuerza, matriarcal, regido exclusivamente por mujeres: tres hermanas, esposa, sobrina, hija, dos vecinas y una criada. En una vida emancipada de toda dependencia masculina. [1]

 Es bastante impresionante cómo un soldado del 1600, con o sin intención, pudo burlarse de tantas cosas consideradas social y culturalmente sagradas, para revelarnos con humor y simpleza: el valor y el honor pueden ser llanamente locura, estupidez. La poesía, un cúmulo de falsedades y exageraciones. El amor y el suicidio, un síntoma de ego exacerbado. La mujer, un sujeto que se concebía en la mente del hombre por medio de todo lo anterior.



Así lo hizo Cervantes. Nos centraremos en esto último, en los episodios donde describe -con gracia y maestría, para no ser degollado- la necedad del sexo masculino que construía al bello sexo según sus demandas, a partir del personaje de Grisóstomo y del mismo Quijote. Y segundo y más inesperado, cómo la mujer aludida por Grisóstomo, Marcela, entra en escena para desdecir las calumnias y dar uno de losdiscursos más emblemáticos de la Literatura sobre la libertad de la mujer y la libertad individual en general.
 En el mero principio vemos cómo el esquizofrénico hidalgo Alonso Quijano se arma como poderoso caballero y muda su nombre a Don Quijote de la Mancha, el de la Triste Figura según Sancho, y más adelante, el caballero de los Leones según él mismo.
 De igual manera arbitraria y delirante en que se pone nombre y más adelante trueca los molinos por gigantes, saca de la galera una enamorada a quien dedicarle sus faenas, como tenía entendido hacían todos los caballeros… de la literatura. [2]
 Digo que no puede ser que haya caballeros andantes sin dama, porque tan propio y natural les es a los tales enamorados como al cielo tener estrellas.
 Así es que revuelve en su memoria y recuerda a una muchacha cualquiera, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni se dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso; nombre a su parecer, músico y peregrino y significativo…
 Aldonza, una humilde y ordinaria campesina que deviene bellísima reina de toda una comarca -de alto linaje, prosapia y alcurnia-, por puras imaginerías de un hombre desquiciado. Ella jamás aparece en cuerpo en la novela ni se entera de que es aludida por el hidalgo ni sabe que este hidalgo existe, pero es tan evocada y mentada, que se la considera un personaje más (palabras de Joaquín Casalduero, cervantista español).
 Con poco, Cervantes nos muestra un loco con características del hombre promedio histórico que llega a nuestros días, bien tildado machista, que a partir de una mujer de carne y hueso, sin la menor intención de conocerla ni intercambiar palabra, fabula un ideal o arquetipo de ella adaptada a los ojos y a las necesidades particulares del varón.
 “…no existe sociedad [de hombres] que no endose algún tipo de mistificación de la mujer y de lo femenino, que no tenga algún tipo de culto a lo materno, a lo femenino virginal, sagrado, deificado…” (Segato, 2003)
 Ella no es ella, ella es lo que él quiere que sea. No importa cuán bien la adorne o la tenga en consideración, incluso por este mismo trato adulador y condescendiente, demuestra su posición de superioridad; como aquellos gestos “caballerescos” de ceder asientos o el paso ante seres convalecientes.
 Aun si estas características apócrifas resultan “positivas” o favorecedoras (sus cabellos son oro, su frente campos elíseos, sus cejas arco del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve...) muestran perfectamente un narcisismo esencial que no permite a la mujer construirse a sí misma, sin antes pasar por el lente del varón, cual obra de arte, bello objeto de adorno y devoción sin voluntad (ver Male Gaze o “mirada masculina”).
 Este proceso según Barthes puede denominarse anulación:
 Explosión del lenguaje en el curso del cual el sujeto llega a anular al objeto amado bajo el peso del amor mismo: por una perversión típicamente amorosa, lo que el sujeto ama es el amor y no el objeto. [3]
 Para colmo del cinismo, como ilustra luego el Manco de Lepanto, la hembra, encima, tiene el deber de mostrarse agradecida por aquel amor implícito que se desprende de su idealización y desfiguración.
 La gracia de este primer trance quijotesco es mostrar precisamente la inexistencia del sujeto Dulcinea, ante la constante evocación -ilusoria- masculina. Este suceso era y sería una constante en la literatura occidental, que Cervantes decide ridiculizar con el recurso literario de la hipérbole: la desmedida descripción de una señora totalmente ausente y fantasmal.
 2da Parte


Sin embargo, el escritor manchego, todavía va más lejos, y en otro episodio con la misma mecánica, el hombre adorador de su objeto ausente, rompiendo con todos los cánones, hace irrumpir y hablar a la mujer, quien brinda su libertaria y subversiva visión de los hechos, dando uno de los discursos más emblemáticos de la literatura sobre la libertad de la mujer en particular, pero sobre todo, de la libertad humana en general. Es la historia de Grisóstomo y Marcela, en los capítulos XIII y XIV del Quijote

La mujer libre, en sus propias palabras [4]
Grisóstomo, estudiante de la ya histórica Universidad de Salamanca, mozuelo compositor de coplas, decían que sabía la ciencia de las estrellas, y de lo que pasa allá en el cielo el sol y la luna, porque puntualmente nos decía el cris (eclipse) del sol y de la luna; aunque rico, un día aparece vestido de pastor, con su cayado y pellico, por el único motivo de andarse por estos despoblados en pos de aquella pastora Marcela.

La conoció al pie de la peña, donde está la fuente del alcornoque y se enamoró inmediatamente; y allí, por el mismo motivo, es enterrado. El desenlace fatal del suicidio del estudiante y poeta (teniendo en cuenta que el Concilio de Trento celebrado entre 1545 y 1563 prohibía y proscribía el suicidio en la literatura) sólo podía tener una causa: el infeliz desaire de la pastora. Don Quijote y Sancho son invitados a su público entierro que alborota los arrabales, mientras un elocuente cabrero recuenta el suceso en sus detalles.

En resumen: dicen, aseguran, que Grisóstomo es bueno por amarla, Marcela es mala por no corresponder, luego Marcela es peor por ser motivo y causa del suicidio de aquel, la virtual asesina.
Marcela cuando llegó a edad de catorce a quince años, nadie la miraba que no bendecía a Dios, que tan hermosa la había criado, y los más quedaban enamorados y perdidos por ella. Ella tolera el acercamiento de los hombres pero por pura amabilidad, y también con cortesía rechaza sus ofrecimientos, que los vuelve cretinos y despectivos. Su afabilidad y hermosura atrae los corazones de los que la tratan a servirla y amarla; pero su desdén y desengaño los conduce a términos de desesperarse, y así, no saben qué decirle, sino llamarla a voces cruel y desgraciada.

A Marcela la llaman primero rapaza, inaugurando la agresiva adjetivación que la acompañará en cada una de sus menciones posteriores: endiablada, melindrosa, pastora homicida, enemiga mortal del linaje humano, fiero basilisco de estas montañas… Que nos recuerda los clásicos epítetos: histérica, frígida, etc. También podemos hacer analogías con nuestro tango de desamor e injurias, hombre lacrimógeno y patético que no puede olvidar a la ingrata, malagradecida y soberbia.

Con brutal honestidad se revelan las razones de aquellas inmerecidas descalificaciones, y Cervantes bien podría estar describiendo aquí uno de los ejes psicológicos del machismo y la fragilidad de la masculinidad: en el rechazo, el hombre es incapaz de soportar dignamente la afrenta a su ego, la ofensa de no ser correspondido por un ser que considera inferior, pues él es uno superior. Esto es el presente: hombres que abordan mujeres con las más lisonjeras –y brutales- palabras; y ante una negativa, se tuercen, se alteran, y escupen su odio sobre el reciente objeto de deseo, que es ahora su enemigo. En nuestros días no se da menos este suceso en la vida real que en la virtual.

Marcela también hija de rico, decide no casarse y convertirse en pastora trashumante, y no se piense que porque se puso en aquella libertad y vida tan suelta y de tan poco o de ningún recogimiento, que por eso ha dado indicio, ni por semejas, que venga en su honra, que de cuantos la sirven y solicitan ninguno se ha alabado, ni con verdad se podrá alabar, que le haya dado alguna pequeña esperanza de alcanzar su conversación de los pastores, y los trata cortés y amigablemente. Que puesto que no huye ni se esquiva de la compañía y llegando a descubrirle su intención cualquiera de ellos, aunque sea tan justa y santa como la del matrimonio, los arroja de sí como con un trabuco.

Grisóstomo, el poeta suicida, procedió así de una manera típicamente masculina: se obsesionó patológicamente con una mujer, que al fin no le correspondió, es decir, lo ignoró olímpicamente (¿podríamos decir que fue despachado a la friend-zone? ¿ese abstracto sitio creado exclusivamente por los hombres para los hombres?). Como ya dijimos y sabemos, un hombre raramente puede soportar la indiferencia de un ser que considera menos que él –aunque en sus poesías la eleve a ángel, o a flor, o a monárquica princesa.

La voluntad -unilateral- del hombre de amar a una mujer, suele ser razón suficiente para que aquella se arrastre a sus pies. ¿Cómo no amarme a mí que tanto te adoro, que tanto te amo, que doy la vida entera por ti…?

Funeral de Grisóstomo

Su último escrito salvado del fuego, al que estaban condenados todos sus papeles puestos alrededor del muerto, como si su poesía fuera su sarcófago o su condena, tiene todas las características que revelan su nombre, “Canción desesperada”, que posee las características de la poesía redentora: busca la expiación, ganar sobre el amor perdido en el papel, ya no en vida. Este es el lado bello de la poesía, el efecto terapéutico para el autor, la sublimación de su desesperación, el embriagamiento del que lee. Pero su lado mezquino queda expuesto: es una defensa del amador, una infamia para el amado. [5]

Ese cuerpo, que con piadosos ojos estáis mirando, es el de Grisóstomo, único en ingenio, solo en la cortesía, dice su amigo y albacea Ambrosio. Quiso bien, fue aborrecido; adoró, fue desdeñado; rogó a una fiera, importunó a un mármol, corrió tras el viento, dió voces a la soledad, sirvió a la ingratitud. Alcanzó por premio ser despojos de la muerte en la mitad de la carrera de su vida, a la cuál dió fin una pastora a quien él procuraba eternizar para que viviera en la memoria de las gentes…

En pocas palabras, sucede un juicio en que una sola de las partes tiene voz. Pero a todo esto, aparece Marcela en persona, para poner a todos en su lugar «Ambrosio: -¿Viene a ver, por ventura, ¡oh fiero basilisco destas montañas!, si con tu presencia vierten sangre las heridas deste miserable a quien tu crueldad quitó la vida, o vienes a ufanarte en las crueles hazañas de tu condición…? «-No vengo, oh Ambrosio, a ninguna cosa de las que has dicho –respondió Marcela-, sino a volver por mí misma, y a dar a entender cuán fuera de razón van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo me culpan…

«Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura; y, por el amor que me mostráis, decís, y aun queréis, que esté yo obligada a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. […] Y, según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario, y no forzoso. Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien? Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades? […]

«Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras. Y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo ni a otro alguno, el fin de ninguno dellos bien se puede decir que antes le mató su porfía que mi crueldad.

«Y si se me hace cargo que eran honestos sus pensamientos, y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo que, cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en perpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él, con todo este desengaño, quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, ¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? «Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor intención y prosupuesto. Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido: ¡mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa! (explicación sobre el histerismo) Quéjese el engañado, desespérese aquel a quien le faltaron las prometidas esperanzas, confíese el que yo llamare, ufánese el que yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito».

«El cielo aún hasta ahora no ha querido que yo ame por destino, y el pensar que tengo de amar por elección es escusado. Este general desengaño sirva a cada uno de los que me solicitan de su particular provecho; y entiéndase, de aquí adelante, que si alguno por mí muriere, no muere de celoso ni desdichado, porque quien a nadie quiere, a ninguno debe dar celos; que los desengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes. El que me llama fiera y basilisco, déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata, no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá en ninguna manera.

«Que si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda el que quiere que la tenga con los hombres? Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme: ni quiero ni aborrezco a nadie. No engaño a éste ni solicito aquél, ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene. Tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera.» [6]

Este descaro, para colmo, no tuvo al instante consecuencias morales, como podría esperarse: un hombre que lea aquello podría soportar esta larga disertación sobre el amor libre, el derecho de una mujer a la soledad y autonomía, si en el siguiente acto un rayo celestial castigase a la insurrecta, agitadora, sediciosa y alborotadora.

Suerte para ellos -y gracias a ellos-, el noventa por ciento de la población femenina era iletrada por aquellos días; ¿qué ideas secretas podrían sembrar estas palabras en una hija o esposa, que se entere que no solo una mujer vivía a su manera, libre; y que, para colmo, esa joven no padeció consecuencias de tales actos subversivos?

Cervantes puso en boca de Marcela, una pastora del siglo XVII, semejante oprobio que adolece de anacronismo: Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos…
Relacionar las palabras de Marcela únicamente con un feminismo actual a la orden del día, extemporáneo, una valía del género femenino del que no se esperaba nada, es tergiversar y al mismo tiempo limitar los alcances de la circunstancia: quién habla aquí, es un despertar de la inteligencia misma, una batalla contra la manipulación humana, contra el rumor social, contra la calumnia naturalizada, pero no en nombre de la verdad objetiva, o de la Humanidad, sino de la libertad individual, el derecho a elegir el propio camino a pesar de las convenciones.

No es una enseñanza moral sobre el deber o los deberes del hombre (a la hora de amar, por ejemplo) a la manera francesa, sino al respeto de las decisiones de vida, cualquiera sean estas. Si Grisóstomo quiso amarla, escribir sobre ella, idealizarla, matarse, allá él; pero no puede trasladarse la culpa a la persona aludida, creada por él.

La excusa de Cervantes, como dijimos al principio, es ilustre y genial: todo lo disfraza de parodia, con humor, sarcasmo, ironía y escarnio. De todo se burla a través un recurso llamado ficción -y metaficción también- que él modificaría para siempre, hasta llegar hasta nuestros días.


Bruno del Barro

 23/08/18

[1] “Mujeres en la vida de Cervantes” en heroinascervantinas.wordpress.com; proyecto interdisciplinar del IES Calderón de la Barca. Y “Cervantes y las mujeres” (2007), por Juana Vázquez.

[2]“El libro es menos su existencia que su deber. [El Quijote] ha de consultarlo sin cesar a fin de saber qué hacer y qué decir y qué signos darse a sí mismo y a los otros para demostrar que tiene la misma naturaleza que el texto del que ha surgido.”

Las palabras y las cosas (1966), Michel Foucault

[3] Barthes señala algo parecido en el joven Werther y su objeto adoratorio: “Carlota es muy insulsa; es el pobre personaje de una escenificación fuerte, atormentada, brillante, montada por el sujeto Werther; […] adorado, idolatrado, increpado, cubierto de discursos, de oraciones; se diría una gran paloma, inmóvil, encogida bajo sus plumas, en torno de la cual gira un macho un poco loco.”
Fragmentos de un discurso amoroso (1977), Roland Barthes

[4] Huelga enunciar un hecho paradójico y enojoso de la historia, pero inevitable, la contracara de las palabras de Simone de Beauvoir: la necesaria complicidad entre los opresores para con lo oprimidos: hubo una época extensa en que el mundo era gobernado de manera omnipresente por señores relegando a la otra mitad de la humanidad, y por lo tanto, para que esto cambie, fue necesario la primigenia connivencia de algunos hombres, en diferentes esferas: aquel que se esforzó porque su hija aprendiese a leer y escribir; aquellos primeros humanistas que consideraron una ofensa tener a una esposa como una propiedad más; cualquier recinto de poder cien por cien varonil que tuvo que decidir en algún momento, por la fuerza de los tiempos, la incorporación de representantes femeninas. La primera generación de mujeres educadas, debieron serlo a través de los ya formados hombres.

Y para mencionar casos concretos, Pierre Curie a principios del 1900, renegando con la academia sueca porque Marie no era su esposa y secretaria sino su par, y le sea concedido por lo tanto el Nobel; Borges, menciona en diversas circunstancias, la ridiculez de una enseñanza desigual según el sexo; el astrofísico Carl Sagan protestando por la incorporación de mujeres en los conservadores círculos científicos; Perón y el voto femenino; etc.

Por lo tanto, era inevitable que alguna vez sea un hombre de la literatura, como Cervantes, quien admitiera una voz femenina en sus escritos, y no cualquier voz, sino una con tintes insurrectos.
También Sócrates, en pluma de Platón, proyectó la imperiosa necesidad de educar a la mujer para la clase guerrera de la república.

[5] Ya que quieres, cruel, que se publique
de lengua en lengua y de una en otra gente
haré que el mesmo infierno comunique
del áspero rigor tuyo la fuerza,
al triste pecho mío un son doliente…

[6] La refutación de esta tesis, su perfecta antítesis, puede encontrarse aquí:
-“El falso feminismo de la pastora Marcela en el Quijote de Cervantes”
-El discurso de Marcela en el Quijote (I, 14), Miguel de Cervantes, Quijote [1605], I, 14: El discurso de Marcela.

El profesor español Jesús G. Maestro niega rotundamente el feminismo de Marcela, a su parecer manipulado por las posmodernas, por “irreal, idealista y metafísica”. Maestro no tolera esta tesis anacrónica de un feminismo feudal; sin embargo, sospecho una antipatía preexistente y quizá personal con el feminismo de la cuarta ola.

Como digo, Maestro critica la actualidad que extraen de un discurso muy lejano, sin embargo, él mismo realiza un análisis exigiéndole a Marcela (a Cervantes) criterios sartreanos y de materialismo histórico a un texto ligero del 1600. No obstante, es una autoridad y sabe de lo que habla:
«“Yo nací libre”. ¿Nació libre? ¿Desde cuándo? ¿Libre de quién? ¿Libre de qué? ¿Libre de mantenerse a cargo de su tío el beneficiado (de los diezmos que la Iglesia cobra a los demás), y de las rentas heredadas de sus propios y ricos padres? ¿Libre de determinaciones biológicas, sexuales, sanitarias, económicas, cronológicas, políticas y étnicas? No cabe mayor idealismo, ni más seductor, que afirmar acríticamente que uno, o una, “nace libre”, como si fuera posible nacer al margen de un Estado, que antes de veinticuatro horas ya ha registrado tu nombre en el Juzgado de tu municipio, o de la Iglesia católica, que en unos días hace lo propio registrándote en el código de los bautizados en Cristo, incluso en aquellas sociedades que, naturales, como numerosas tribus de primitivos contemporáneos, carecen de Estado que los civilice.

¿De qué libertad habla Marcela, sino de la libertad de los sofistas, de los que convencen con argumentos falsos? Y no satisfecha con la primera afirmación, insiste en que “para poder vivir libre” escogió la “soledad de los campos”, como si en la soledad fuera posible ejercer libertad alguna, y como si en un mundo montaraz y asilvestrado, ajeno a la sociedad política, hubiera más y mejor libertad que dentro de un Estado de Derecho. Marcela pretende constituir ella sola una sociedad natural en la que ella misma es el único miembro. Es la clase única formada por un solo elemento. El conjunto unívoco.»

perrosverdes.jimdo.com

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